domingo, 21 de agosto de 2011

Matar de lejos...

«Quien mata de lejos lo ignora todo sobre el acto de matar. Quien mata de lejos ninguna lección extrae de la vida ni de la muerte: ni arriesga, ni se mancha las manos de sangre, ni escucha la respiración del adversario, ni lee el espanto, el valor o la indiferencia en los ojos. Quien mata de lejos no prueba su brazo ni su corazón ni su conciencia, ni crea fantasmas que luego acudirán de noche, puntuales a la cita, durante el resto de su vida. Quien mata de lejos es un bellaco que encomienda a otros la tarea sucia y terrible que le es propia. Quien mata de lejos es peor que los otros hombres, por que ignora la cólera, y el odio, y la venganza, y la pasión terrible de la carne y de la sangre en contacto con el acero; pero también ignora la piedad y el remordimiento. Por eso, quien mata de lejos no sabe lo que se pierde».
  • El sol de Breda, capítulo VI

miércoles, 17 de agosto de 2011

De ordenadores, aulas y ....


De un tiempo a esta parte en el que se comienza a mirar más que nunca el dinero gastado tontamente en el pasado, surgen, ya sea en los medios de comunicación, o por comentarios del propio pueblo llano, recetas milagrosas para dejar de vivir -como lo hacíamos- por encima de nuestras posibilidades.
Un discurso muy de moda es todo el relativo a los ordenadores en las aulas y al enorme desembolso de la administración en este sentido. Suelo estar de acuerdo, en parte, con los que critican el derroche, pero también pretendo ir un poco más allá.
Bien es verdad que habría que gastar el dinero, como apuntan muchos entendidos en la materia, en otros menesteres, empezando por más profesores (a más profesores, menos alumnos por profesor y mayor calidad en la educación, la fórmula es clara). Pero también hay que pensar en lo necesario de las tecnologías de la información y la comunicación en las aulas, claves para el desarrollo del alumno (está comprobado) y fuente inagotable de recursos a los cuales el propio alumnado puede recurrir para mejorar su aprendizaje.
De todas formas, siempre hay quien dice que este tema de las tecnologías en las aulas habría que entenderlo más como un medio que como un fin. Yo estoy de acuerdo.

martes, 2 de agosto de 2011

¿Y si no toda la culpa la tuviesen los bancos?



Hurgando en Internet, -no sólo sirve para Facebook y Tuenti- he encontrado este texto de José Luis Manzanares Japón, en el cual se exponen claramente los males pasados de nuestro país, a traves de los que nos hemos visto inmersos en la situación actual. Os recomiendo su lectura, comprenderéis más de una cosa:



"Érase una vez un país que se creía rico. No tenía petróleo ni gas. Sus reservas minerales eran escasas y estaban casi agotadas. Su industria, mediocre y poco competitiva, porque su mano de obra no era barata. Su agricultura dependía de su regadío deficitario de agua y gran consumidor de energía. Apenas tenía teconología propia, ni investigaba lo suficiente para conseguirla. Y sin embargo, se creía rico.


También sus habitantes creían poder vivir a todo plan. Veían natural gozar de un alto nivel de vida, tener muchas prestaciones sociales, trabajar lo menos posible, cultivar el ocio como objetivo vital y tener la vida asegurada. Eran gentes que valoraban muchos sus derechos y se sentían muy poco comprometidos con sus deberes. Jamás se planteaban por qué vivían tan bien cuando la mayor parte del planeta pasaba calamidades. Y lo curioso es que no siempre había sido así. Hacía cuarenta años era un lugar modesto, de gente con alpargatas, escasas libertades y aislado del mundo. Con un trabajo ímprobo, ilusión colectiva y afán por mejorar, se había convertido en un estado moderno, desarrollado y con un alto nivel de vida. Pero, sin saber por qué, había olvidado sus orígenes y la razón de su bienestar, para pasar a creerse en la opulencia.


El país que se creía rico, actuaba como si lo fuera. Se dotó de administraciones numerosas, con coches oficiales y asesores políticos hasta en el último pueblo. La población pedía cada vez más a las arcas públicas, sin considerar que el nivel de vida no es un derecho adquirido, sino algo que hay que ganarse día a día. Parecía natural tener una sanidad de vanguardia, educación de títulos fáciles y escaso esfuerzo, mayores pensiones, protección de desempleo compatible con una economía sumergida, y servicios urbanos de primera. Pero ni siquiera los estados más ricos del mundo se permitían tales lujos. Los países son como las familias: austeros, donde todos trabajan codo con codo, ingresan más que gastan y ahorran para los momentos difíciles; muy ricos, con cuantiosos patrimonios y rentas, que viven muy bien pero evitan el despilfarro para no verse algún día en la ruina; y los que se creen pudientes sin serlo, no tienen patrimonio, pero gastan mientras haya un banco que les preste. Cuando les cortan el crédito, se acabó. Nunca volverán los días dorados, donde vivían opulentamente a cambio de nada.


El país que se creía rico había abusado del préstamo. Cualquier ciudadano conseguía un crédito, sin capacidad real de devolución, para adquirir viviendas, coches o bienes, a un precio ficticio muy superior al real. Sus fabricantes se frotaban las manos por el dineral que ganaban vendiendo caro. Y pagaban bien a sus empleados que se sentían aún más ricos, con buenos sueldos y viviendas costosas. El estado ingresaba mucho dinero de impuestos y regalaba más bienestar en prestaciones. Era una pescadilla que se mordía la cola y se encerraba en sí misma dejando a todo el mundo satisfecho con su falsa riqueza. Las grandes empresas también pedían dinero prestado para comprar otras compañías. No importaba un precio desproporcionado, total no había que poner ni un euro cuando todo era a costa del banco. Y así se sentían mucho más ricas. Remuneraban muy bien a sus ejecutivos, emprendían nuevas inversiones y se despreocupaban del riesgo que corrían.


Un día, los financieros de todo el mundo supieron que lo habían hecho muy mal, y dejaron de prestar. Realmente ya no les quedaba nada que dejar. Y el país, que actuaba como la familia modesta que dilapida los préstamos y disfruta como la cigarra, sin pensar que deberá devolverlos, se enteró una mañana del final del crédito. Tocaba apretarse el cinturón y afrontar la triste realidad de sus limitadas posibilidades. Ya nadie podía comprar casas, apartamentos ni coches. Los fabricantes no vendían, y dependían de sus empleados. La gente iba al paro y volvía su cabeza hacia el Estado pidiendo ayuda. Pero como no había ya negocios ni sueldos, tampoco se recaudaban impuestos. Ahora era Hacienda quien debía pedir préstamos.


El país que se creía rico quiere pensar que está ante una crisis pasajera. Una especie de gripe de la que pronto se levantará como si nada. Y la política, que odia disgustar al pueblo, habla de un mal general y transitorio con el que no hay que angustiarse, porque mientras dure, ahí está el Estado para mantener el nivel de vida y el bienestar del ciudadano. Un día, alguien tendrá que decir que nada volverá a ser como antes, cuando todo era un falso espejismo. Que un país no puede vivir en plan rico si no lo es, ni sus arcas públicas mantener un falso nivel de vida durante mucho tiempo. Y que le espera una larga y dura senda de trabajo, sacrificio y realismo hasta llegar a hacerse rico de verdad. Pero eso será otra historia, que por supuesto tendrá un final feliz.